Cuántos enemigos habría que ofrecerte ¡Oh Muerte! para estar empatados

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on jueves, 31 de marzo de 2011 at 14:32


Y sin embargo, las estatuas
se inclinan a veces, partiendo en dos
al deseo, como se parte el durazno. 
Y la llama
se vuelve entonces hojarasca que se lleva el viento
-Seferis-


La dama de todos los finales dice: 
Todo se transfigura y es sagrado.

Post dedicado a la Muerte de las tierras oscuras y de todos los colores.

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on at 0:35

Prosigue, oh Muerte, ese camino allá lejos, el tuyo, distinto del camino de los dioses. Yo te digo: Tú que tienes ojos, tú que escuchas; no hieras a nuestros hijos ni a nuestros hombres.

-RgVeda, X, 18-

 Yo soy la dama de los colores

Te propongo un juego

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on lunes, 28 de marzo de 2011 at 0:14


Jaume Barba. "El beso de la muerte"
Cementerio de Poble Nou. Barcelona


La muerte te propone un juego, lector o lectora
Cierra los ojos y cuenta conmigo:
Uno...
Dos...
Tres...
Sigue tú.
Cuatro...
Cinco....
¡Detente!
No sigas contando
Se ha acabado tu  tiempo
¿Cómo ha sido? Me preguntas
¿Un infarto, un accidente...?
¿Qué mas da? Te digo yo
la diferencia es que en un instante vivías
y al siguiente ya no.
Estabas
y ya no estás.
Y no. 
Ya no puedes hacer eso que pensabas hacer algún día
Ya no viajarás a ese lugar
No podrás decirle que le amas
La visita a tus padres ancianos, que siempre dejabas para mañana.
Llamar al añorado amigo o amiga.
Disfrutar de tus hijos.
Arreglar tus asuntos pendientes.
Quererte y procurar ser feliz.
Se acabó tu tiempo.
¿Porque no hiciste antes las cosas que tenía que hacer?- te dices
¿Porque no supiste distinguir lo importante
de lo que no lo era? - te preguntas.
Lloras. Te desesperas
Por favor, por favor...me suplicas
Cuenta de nuevo, te digo.
Tres...
Dos...
Uno...
Ya está.
Recuerda que esta vez, sólo era un juego.
Pero alguna vez, tendré que llevarte conmigo
Y nunca sabrás cuando llegará ese momento.
Entretanto...no te olvides de hacer aquello 
que sólo no podrás hacer mientras estés vivo.
La guardiana de los silencios

La muerte pronto será la nueva vida para algunos de nosotros...

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on sábado, 26 de marzo de 2011 at 15:57


Y más tarde un Angel, entreabriendo puertas.
Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,
Los turbios espejos y las llamas muertas.

-Charles Baudelaire-

El blog de  la dama de todos los finales
confabulada con el Equilibrio.

La inquebrantable

La doctora que no temía a la muerte: Elizabeth Kubler-Ross

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on at 5:09







Sobre su tumba está escrito el siguiente epitafio:
Graduada para bailar por las galaxias, el 24 de agosto de 2004.

Elisabeth  KublerRoss, psiquiatra, es quizá una de las mujeres que más se ha acercado a la muerte, en vida. Por eso dejó de tener miedo. Horrorizada por el tratamiento a los moribundos, comenzó a trabajar con enfermos terminales, especialmente con niños. Los escuchó. Les prestó atención. Los dejó hablar y expresar lo que tuvieran que decir. Y se llevó grandes sorpresas. Según sus palabras, a los llamados enfermos moribundos: “Se les aislaba, se abusaba de ellos;nadie era honesto con ellos”. Centró sus objetivos en "Romper la capa de negaciónsocial y profesional que les prohibía expresar sus preocupaciones más intimas acerca de la propia muerte". 





En 1970, y tras escuchar muchos testimonios de enfermos terminales, emprendió un nuevo camino:  la posibilidad de la existencia de vida después de la muerte. Su trabajo sobre el más allá, le valió no solo el despido, sino también el rechazo de parte de la comunidad médica. Sin embargo, con sus conferencias y libros, especialmente "La Muerte: un amanecer", han sido millones las personas que han entendido la muerte desde otra perspectiva, y su dedicación  hasta su propio final fue defender los derechos de los enfermos en la última etapa de la vida: ”Debemos aprender de nuestros propios pacientes, ellos son nuestros maestros  y para poder acompañarlos es esta etapa debemos estar dispuestos afrontar nuestro propio miedo a la muerte”.

Elisabeth ahora está conmigo. Fue un esperado encuentro, sin miedos. Su mensaje es bello y sencillo: 

Vivir intensamente la vida, 
sabiendo que en algún momento, hay un final. 
Y que ese final no es definitivo, 
si no un nuevo principio.



"Es muy importante que hagáis lo que de verdad os importe... sólo así podréis bendecir la vida cuando la muerte esté cerca."


-Elizabeth Kübler-Ross.


Os dejo un enlace donde podeis leer, si es vuestro deseo, su libro: "La rueda de la Vida".








En el mar. Blasco Ibáñez:


A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.
-¡Antonio! ¡Antonio!
Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que le avisaba para hacerse a la mar. El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas había venido la carencia de pesca. Rufina estaba aterrada por esta situación. No había dinero en casa: debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón retirado, dueño del pueblo por sus judiadas, los amenazaba continuamente si no entregaban algo de los cincuenta duros con intereses que le había prestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan velera que consumió todos sus ahorros.
Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un grumete de nueve años que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un hombre.Antoñico, estaba ya en pie y listo para partir, con la gravedad y satisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros juegan. Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar al muelle de los pescadores. El compadre los esperaba en la barca preparando la vela.
-¡Pae! -gritó Antoñico desde la proa-, un pez grande, muy grande... ¡Un atún!
El compadre meneó tristemente la cabeza.
-Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se vaya, y demos gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo.
-¿Dejarlo? -gritó el patrón-. ¡Un demonio! ¿Sabes cuánto vale esa pieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él, a él!
El agua parecía hervir; subían a la superficie espumas y burbujas en turbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha de gigantes, y de pronto la barca, como agarrada por mano oculta, se acostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.

Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio, soltando el timón, se vio casi en las olas; pero sonó un crujido y la barca recobró su posición normal. Se había roto el aparejo, y en el mismo instante apareció el atún, junto a la borda, casi a flor de agua, levantando enormes espumarajos con su cola poderosa. ¡Ah ladrón! ¡Pon fin se ponía a tino! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigo implacable, Antonio le tiró varios golpes con el bichero, hundiendo el hierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tiñeron de sangre y el animal se hundió en un rojo remolino.
Antonio respiró al fin. De buena se habían librado. Todo duró algunos segundos; pero un poco más, y se hubieran ido al fondo.
Miró la mojada cubierta y vio al compadre, al pie del mástil, agarrado a él, pálido, pero con inalterable tranquilidad.
-Creí que nos ahogábamos, Antonio. Hasta he tragado agua. ¡Maldito animal! Pero buenos golpes le has atizado. Pero ya verás cómo no tarda en salir a flote.
-¿Y el chico?
Esto lo preguntó el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera la respuesta.
No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó por la escotilla, esperando encontrarle en la cala. Se hundió en el agua hasta la rodilla; el mar la había inundado. Pero ¿quién pensaba en esto?
Buscó a tientas en el reducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel del agua y los aparejos de repuesto. Volvió a cubierta como un loco.
-¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico!
El compadre torció el gesto tristemente. ¿No estuvieron ellos próximos a ir al agua?
Atolondrado por algún golpe, se habría ido al fondo como una bala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada dijo.
Lejos, en el sitio donde la barca había estado próxima a zozobrar, flotaba un objeto negro sobre las aguas.
-¡Allá está!
Y el padre se arrojó al agua, nadando vigorosamente, mientras el compañero amainaba la vela.
Nadó y nadó; pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencerse de que el objeto era un remo, un despojo de su barca.
Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver más lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él, la barca que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se contraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre.
El atún había muerto... ¡Valiente cosa le importaba! ¡La vida de su hijo único, de su Antoñico, a cambio de la de aquella bestia! ¡Dios! ¿Era esta manera de ganarse el pan?
Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de su hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las sombras de las olas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas.
Allí se hubiera quedado; allí habría muerto con su hijo. El compadre tuvo que pescarle y meterle en la barca como un niño rebelde.
-,Qué hacemos, Antonio?
Él no contestó.
-No hay que tomarlo así. Son cosas de la vida. El chico ha muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremos nosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero, ahora, a lo que estamos: a pensar que somos unos pobres.
Y, preparando dos nudos corredizos, apresó el cuerpo del atún y lo llevó a remolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de las olas.
El viento los favorecía; pero la banca estaba inundada, navegaba mal, y los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catástrofe, y, con los achicadores en la mano, encorváronse dentro de la cala, arrojando paletadas de agua al mar.
Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, le impedía pensar; pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que, mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la tumba del hijo.
La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus entrañas.
El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas doradas por el sol de la tarde.
La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espanto adormecidos.
-¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina? -gemía el infeliz.
Y temblaba, como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogar son esclavos de la familia.
Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. El viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Era la música que tocaba en el paseo, frente al casino. Por debajo de las achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes claros y vistosos de toda la gente de veraneo.
Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corrían tras sus juguetes, o formaban alegres corros, girando como ruedas de colores.
En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a las inmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la barca. Pero Antonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta, escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldas arremolinaba el viento.
Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver de cerca el enorme animal.
Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas miradas; los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua para tocarle la enorme cola.
Rufina se abrió paso ante la gente, llegando hasta su marido, que, con la cabeza baja y una expresión estúpida, oía las felicitaciones de los amigos.
-¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?
El pobre hombre bajó aún más su cabeza. La hundió entre los hombros, como si quisiera hacerla desaparecen para no oír, para no ver nada.
-Pero ¿dónde está Antoñico?
Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido, le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón. Pero no tardó en soltarle, y, levantando los brazos, prorrumpió en espantosos alaridos.
-¡Ay Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado! ¡Está en el mar!

-Sí, mujer -dijo el marido lentamente, con torpeza, balbuciendo y como si le ahogaran las lágrimas-. Somos muy desgraciados. El chico ha muerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del mar comemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen para obispos.
Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada por una crisis nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas desnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las greñas, arañándose el rostro.
-¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñico!...Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de llorar. Y, mientras tanto, el compadre, dominado por el egoísmo brutal de la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que querían adquirir la hermosa pieza.
Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos de oro.

La Parca, admirada de la fuerza de la vida

En una lápida olvidada, rodeada de musgo y hierba aún puede leerse...

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on lunes, 21 de marzo de 2011 at 17:44




"Esposo mío,  auténtica fue mi dicha. 
Inmenso sin ti mi dolor eterno"

Era su hora y  hubo de  cumplirse lo escrito en el Libro de los Destinos. 
Yo sólo soy el instrumento.  
Pero hasta a mí,  la Muerte, conmueve  un amor inmortal 
y las lagrimas de  de una mujer por su amado.
Como decía el poeta:

"Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado"

La Inapelable

La maldición de la Tumba de Shakespeare

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on at 3:43





Dentro de la Iglesia anglicana de la Santa Trinidad, en Stratford-upon-Avon, ciudad natal de Shakespeare (1564-1616),  se encuentra su tumba. Sobre la misma, una maldición escrita:


 “Bendito sea el hombre que cuide estas piedras. 
Y maldito sea aquel que mueva mis huesos”

Esta amenaza, ha impedido por siglos que la tumba fuera movida de su lugar, incluso reparada pese a estar resquebrajada la piedra que se encuentra sobre el propio altar de la Iglesia, tras varios siglos de soportar el peso y las pisadas de los clérigos y visitantes. En 2008, se tomó la decisión de reparar los desperfectos, pero la orden de los arquitectos ha sido: 


"Repasen la tumba, pero no toquen los huesos".  "Evitaremos la maldición.  No vamos a levantar las piedras, no vamos a excavar y el mensaje se refiere a los huesos enterrados”.

Y es que ¿Quién osaría tomarse en broma  una maldición del más  allá?

La Oscura

Saborea esos alimentos que vas a comer. Florece como luz de sol. Levita si amas y te aman, Valora y vive las cosas buenas que te da mi hermana la vida en cada momento. No durarán etermente...

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on domingo, 20 de marzo de 2011 at 5:25



"La madre muerta". Munch


Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos;

taparon su cara con un blanco lienzo,
y unos sollozando, otros en silencio,
de la triste alcoba todos se salieron.

La luz, que en un vaso ardía en el suelo,
al muro arrojaba la sombra del lecho;
y entre aquella sombra veíase a intervalos,
dibujarse rígida la forma del cuerpo.

Despertaba el día, y a su albor primero,
con sus mil ruidos despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste de vida y misterios,
de luz y tinieblas... medité un momento:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

De la casa en hombros lleváronla al templo,
y en una capilla dejaron el féretro.
Allí rodearon sus pálidos restos
de amarillas velas y de paños negros.

Al dar de las ánimas el toque postrero,
acabó una vieja sus últimos rezos;
cruzó la ancha nave, las puertas gimieron,
y el santo recinto quedóse desierto.

De un reloj se oía compasado el péndulo,
y de algunos cirios el chisporroteo.
Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto
todo se encontraba, que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

De la alta campana la lengua de hierro
le dio, volteando, su adiós lastimero.
El luto en las ropas, amigos y deudos
cruzaron en fila, formando el cortejo.

Del último asilo, oscuro y estrecho,
abrió la piqueta el nicho a un extremo.
Allí la acostaron, tapiáronle luego
y con un saludo, despidióse el duelo.

La piqueta al hombro, el sepulturero
cantando entre dientes, se perdió a lo lejos.
La noche se entraba, reinaba el silencio.
Perdido en las sombras, medité un momento:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

En las largas noches del helado invierno,
cuando las maderas crujir hace el viento
y azota los vidrios el fuerte aguacero,
de la pobre niña a solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia con un sol eterno;
allí la combate el soplo del cierzo.
Del húmedo muro tendida en el hueco,
¡acaso de frío se hielan sus huesos...!

¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo que explicar no puedo,
que al par nos infunde repugnancia y duelo

al dejar tan tristes, tan solos, los muertos!

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

Gustavo Adolfo Becquer 


La Emisaria del Adiós

Me presento: Soy la Muerte

Written by EL BLOG DE MARPIN Y LA RANA on at 5:25





Os habla La Muerte, La Dama oscura, señora de todos los Finales. La de los miles de nombres. No buquéis en este Blog nada tétrico ni pavoroso. La Muerte es parte de la vida y la mejor maestra de vivencias. Todos y Todas, tarde o temprano, tenéis una cita conmigo. Dejadme ser mientras tanto el puente con el reino de los silencio, siendo la voz de los callados que os precedieron.


 Aprended de ellos y escuchadles 


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